El 80% de los seleccionados como autoridades de mesa encontró algún justificativo para rehusar la carga pública, por lo que si uno va temprano, corre el riesgo de quedarse todo el día.
Esto me hace acordar a las clases de aquel viejo profesor de Educación Democrática del secundario, ese al que llamabamos “el Pomo”, porque todos lo cargaban. Sus clases se caracterizaban por ser una especie de ansiado recreo adicional. En forma rotativa y como si fuera “carga pública”, diez o doce de los alumnos eran seleccionados para quedarse adelante (sentados en la primera fila y parados en la segunda) de forma de hacer una barrera que impidiera al pobre hombre, que además era bajito, tener una visión del fondo, donde estaba el resto. El fondo era el antro: se timbeaba, se fumaba, se escuchaba la radio, se intercambiaban revistas porno, todo con esa natural tendencia a la transgresión, propia de la edad del pavo (y de otras también).
Al Pomo no parecía importarle. Quizás ya estaría convencido de que lo que estaba enseñando, con el correr de los años, quedaría en desuso.
Pero en una de las clases que me tocó asumir la "carga pública", dio una charla sobre el voto como arma para ejercer la democracia. Y remató con un consejo que me quedó grabado: “por eso, siempre deben votar a conciencia”.
Busqué “conciencia” en las listas que se presentan mañana, pero no figuraba en la de ningún partido en la provincia de Buenos Aires (de hecho, creo que no integra ninguna lista en todo el país).
Lo cierto es que hoy me encuentro desorientado, no sé a quien votar. Esta vez quisiera tener más de 70 años, o estar a más de 500 kilómetros de mi lugar de empadronamiento, como alguna candidata a senadora, con tal de no tener que asumir tamaña responsabilidad.
No vaya a ser que, dentro de unos años, mi conciencia me lo recrimine...

